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En Japón es costumbre tejer pequeños muñecos a ganchillo. Forman parte de la cultura «kawaii», término que se utiliza para referirse a algo bonito, precioso, encantador, tierno, etc.
Además de su uso decorativo o lúdico, los amigurumis van más allá. Según la costumbre cada amigurumi posee un «alma» que lo convierte en el compañero y confidente de por vida de su dueño, proporcionándole protección y consuelo en los momentos de estrés y tristeza.
Estas figuritas son objetos de apego ligados a conceptos de amistad, complicidad y compañía. Proporcionan protección y seguridad a su propietario. En algunos casos son usados como amuletos personales y también en casas, negocios y puestos de trabajo. En Japón es usual verlos en las oficinas al lado de los ordenadores como un símbolo de apego, o adorno personal, o como recordatorio de respirar, sonreír y hacer una pausa.
Bueno, pues con esto de la globalización, estos simpáticos muñequitos han llegado a occidente. El otro día, en la mercería del barrio, mi hijo vio una jirafa y le llamó muchísimo la atención que se pudieran tejer esas cosas.
Tanto es así, que el día de mi cumpleaños me sorprendió con un regalo: una aguja con mango ergonómico. Me dijo: «Mamá, es para que no se te canse la mano… y para que me hagas un Doraemon de ganchillo como la jirafa de la tienda». ¡Casi me lo como!
Como os podéis imaginar, me faltó tiempo para ponerme manos a la obra, y este es el resultado. Para ser el primero que hago ha quedado bastante resultón, ¿no creéis?
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